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Sociedad etílica

Bastó una decisión administrativa para que la ciudadanía samaria entendiera todo al revés.

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Desde enero de 2020 cuando se empezó a hacer una proyección en todo el mundo acerca de las incidencias del virus covid sars 2, se dio paso al dilema entre la salud y la economía.

Y todas las especulaciones al respecto, parecieron tener el crecimiento exponencial sin precedentes, al momento mismo de ser declarado el estado de pandemia provocado por el nuevo coronavirus.

Todo se empezó a desvanecer. Solo la industria farmacéutica logró sacar dividendos de primera mano, ante una adversidad nunca antes vista por esta generación, poniendo a correr a todas las autoridades.

También se movieron los grandes científicos, auspiciados por gobiernos y laboratorios de gran prestigio, todos en la búsqueda de la vacuna que pudiera contrarrestar el fatal desenlace de la covid-19.

Han pasado 17 meses desde entonces, y las consecuencias han sido devastadoras: los sistemas de salud de países tercermundistas, como el nuestro, quedaron expuestos y revelaron las marcadas deficiencias en cuanto a la atención para las personas de a pie.

Y es que las cifras así lo corroboran: en Colombia se han infectado, a corte del 6 de junio de 2021, más de 3 millones 571 mil personas; con una cifra de fallecidos que supera los 92 mil decesos.

En el caso de Santa Marta, el Instituto Nacional de Salud presenta oficialmente una estadística de 1.529 personas fallecidas en todo este tiempo; la verdad la cifra puede ser muy superior a esta; sin embargo, ajustémonos a esa.

Claro que en una sociedad como la nuestra, donde lo primero está en los ambientes sociales, ese número de personas que han perdido la batalla contra el coronavirus, no importa.

El drama solo es medido en toda su dimensión, cuando toca tu puerta; de lo contrario, no es importante quien muere, siempre y cuando no sea de tu familia.

Hago este relato, en virtud de la gran cantidad de videos e imágenes gráficas que han circulado a través de redes sociales, donde se puede notar centenares de personas en una parranda a cielo abierto en El Rodadero y distintos barrios de Santa Marta.

¿Acaso no es suficiente el número de personas muertas en poco menos de año y medio en la Ciudad por las causas ya conocidas? Pareciese que no. Esas multitudes que abiertamente incumplen las medidas de autocuidado: uso adecuado del tapabocas, lavado de manos y principalmente el distanciamiento social, son una bomba de tiempo.

Santa Marta no está preparada para absolutamente nada que tenga que ver con atención en salud. No hay puestos de salud dignos, los gaireros así lo revelan a través de sus protestas; este modelo de gobierno que ya pasó a ser parte del carcomido listado ‘de los de antes’, no ha habilitado una sola cama UCI para atender a pacientes con covid-19; no obstante, abrieron una ventanita y todos salieron a derrochar vida en medio de las llamadas ‘covidfiestas’, es decir, son unos ‘covididiotas’.

Los estaderos atiborrados de clientes que, en medio del golpe etílico del trago, se olvidan de la existencia de un virus que ha matado tanta gente en el mundo, que se registra como una cifra alarmante en todos los ámbitos.

Y sí, es cierto que los negocios, las empresas y el comercio en general que ofrece este tipo de servicios, tiene que reactivarse; pero la ciudadanía debe entender que el hecho de leer los decretos de levantamiento de pico y cédula, ley seca y toque de queda, no significa que abrieron el corral para que el ganado se vaya para otros establos.

Pero la respuesta a todo este comportamiento social equivocado está en una sola frase: esta es una sociedad etílica y nada, ni siquiera la muerte, la va a hacer cambiar.

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